Humanidad en la atención

La calidad profesional, además de técnica, exige humanidad y ésta nos responsabiliza de aquella. Ante el riesgo real de que la mera técnica nos haga insensibles y atendamos la patología olvidando la persona, nosotros nos empeñamos especialmente en la humanización de todo nuestro quehacer y, por ello, explicitamos y acentuamos el valor de la humanidad en la atención.

Nuestra voluntad de humanizar coloca la persona como núcleo referencial y valor no instrumentalizable. Entendemos nuestra atención como un encuentro humano óptimo, no meramente funcional. Este encuentro nace de la cordialidad, dice relación a la totalidad del ser humano, pone en juego las distintas potencialidades comunicativas y logra un “nosotros” por el mutuo reconocimiento.

Esta experiencia de encuentro intersubjetivo se manifiesta en el respeto a la persona del asistido, a su dignidad, a sus derechos, a su cultura, a sus valores, a sus creencias y a su fe; en el trato y lenguaje humanos; en la atención personalizada y la información cercana; y en la disponibilidad y responsabilidad para la concreta dedicación de cada día.

Los lenguajes para la relación con nuestros destinatarios revisten una importancia transcendental. Es necesario saberse acercar, dar preferencia a la escucha y pronunciar la palabra oportuna. El buen hospitalario sabe hablar y sabe callar y, sobre todo, aprende a escuchar.

La expresión no verbal es esencial para nuestra hospitalidad: el lenguaje del rostro, de la mirada y de los gestos. Éstos son primera y última instancia de humana comunicación.

Creemos, y así lo promovemos, que éstas y todas las actitudes y expresiones tienen más poder humanizador si nacen y se informan por el amor que es el mejor subsuelo que las puede alimentar. Su manifestación hospitalaria es un talante positivo y esperanzado, bondadoso y paciente para asumir y responder, no sin sacrificio, a las dificultades propias de nuestro servicio.